Presentación de la última edición de Los Comuneros


José Luis Gavilanes Laso

Universidad de Salamanca


Quienes han tenido la encomiable idea de hacer accesible a todas las economías una biblioteca de autores leoneses de todos los tiempos, me piden unos renglones que sirvan de presentación al libro de Luis López Álvarez, Los Comuneros. Gran honor es para mí. Pero, prescindiendo de que mi nombre aparezca aquí soldado, hay otra razón que me impulsa a aceptar tan exigente demanda: la ocasión de proclamar mi admiración por el autor y la obra que ahora nos ocupa.

En sentido contrario a las biografías de otros dos prestigiosos y laureados poetas leoneses ¾Victoriano Crémer y Antonio Gamoneda, de cuna burgalesa y ovetense, respectivamente¾, Luis López Álvarez es un leonés de origen, nacido en la localidad berciana de La Barosa, en 1930, aunque tempranamente castellanizado y pronto cosmopolitanizado. En Valladolid transcurrieron infancia y adolescencia. Con los jesuitas bebió las primeras letras, para luego continuar las segundas en el Instituto "José Zorrilla", bajo el magisterio del filólogo Narciso Alonso Cortés. En su etapa de adolescente, Luis López Álvarez se vincula en torno a la revista Halcón, a través de la batuta de Fernando González, patriarca del grupo. Acto seguido actúa como secretario del Ateneo de Valladolid. Frecuentaba por aquel entonces los mismos cenáculos literarios Francisco Umbral, quien esboza el retrato del iniciado López Álvarez como "viejo camarada de adolescencias impacientes", y lo perfila y concluye: «Andaba por el Valladolid de los 40/50 haciendo la figura esmerilada de un romántico de levitón, melena y testa pesarosa (...) Fuimos hermanos gemelos en un dandismo precoz e imposible en la pequeña ciudad de posguerra (...) Emprendimos juntos alguna aventura cultural de vuelo corto (...) Luis es lo más fino y cosmopolita, castellano y enterado que diera mi generación vallisoletana; un clásico entre Eugenio d'Ors y Lumumba.» (El Mundo, 19/5/1995)

A finales del año cincuenta, López Álvarez abandona España rumbo a Francia acompañado de la que devendrá su esposa. Sin fortuna ni trabajo, tendrá que hacer de todo para sobrevivir: acarrear papeles y cartones, limpiar limones podridos, trabajar a pico y pala, dar lecciones de español, estudiar periodismo... En 1953 entra a trabajar en Radio París, gracias a su benemérito Salvador de Madariaga, con quien enlaza filialmente y quien le apadrina la boda tres años más tarde. Simultaneando trabajo con estudio, obtiene en 1957 el título de licenciado en Ciencias Políticas por la Sorbona. Comienza su actividad política en el Movimiento Europeo, como representante del Consejo Federal Español, lo que le permite foguearse internacionalmente. En el París de los estertores del existencialismo entra en contacto con los exiliados españoles, y conoce a André Breton y a Tristán Tzara gracias a la amistad contraída en los años de caminar entre los cardos con el poeta de origen cubano José Álvarez Baragaño, otro de los hitos de entrañable afecto.

En 1957 se desplaza al Congo francés para trabajar de periodista como redactor-locutor en las emisiones en lengua española de Radio Brazzaville, emisora de la Radiodifusión-Televisión Francesa en África Ecuatorial. Entre los años 1960-1961 funda y dirige en Brazzaville el Instituto de Estudios Congoleños. Aunque el interés que le ha llevado a África es eminentemente cultural, se compromete políticamente y conoce a Patrice Lumumba, del que se hace amigo, asesor y comisionado suyo en el Congo, Francia, Bélgica y la República de Guinea. El asesinato de Lumumba, en 1961, provoca a nuestro paisano-funcionario el dolor que expresan estos bellos y sentidos versos finales del soneto contenido en el libro Las Querencias:

Hubo allí un muerto al que negaron tumba,

mas, si de su vivir el hombre muere,

ha de vivir de su morir Lumumba ;


Regresa a París e inmediatamente escribe y publica en francés Lumumba ou l'Afrique frustrée, sobre la crisis del Congo; libro, según confesión del propio autor, catártico a niveles psicológicos; y a juicio de Francisco Martínez García: «Un acendrado canto a la amistad entre un hombre blanco y un hombre negro unidos contra las fuerzas de un pasado colonial al tiempo que un testimonio elegiaco de una batalla perdida: la de los Estados Unidos de África, del que Lumumba hubiera sido el líder indiscutible. Luis López Álvarez analiza el asesinato de Lumumba como resultado de un plan preparado por los monopolios norteamericanos ligados a las redes fascistas europeas.» (Historia de la literatura leonesa, p. 954)

En la treintena de años que van de 1968 a 1998, después de ser Asesor Regional de Cultura, Luis López Álvarez fue mediador de la UNESCO, con sede en París, y director de la Ofician Regional de Cultura para América Latina y el Caribe, a partir de la oficina central de Caracas. De 1985 a 1992 reside en Segovia, regresando en 1992 a Caracas como catedrático de Ciencia Política en la Universidad Simón Bolivar. Desde 1998 regenta la cátedra de Literatura en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, donde actualmente reside.

En enero pasado recibió en Valladolid el homenaje de Tierra Comunera, que le ha distinguido como "Castellano Ejemplar 2006", en justo reconocimiento al trabajo, compromiso y "convicción castellana".

Echando una mirada global y conviniendo con el crítico Santos Alonso, aunque, por edad, López Álvarez coincide con la generación que reacciona contra la poesía neorrealista o social de posguerra, no participa de ella ni en los contenidos ni en la forma. Mientras los poetas de medio siglo (Claudio Rodríguez, Valente, Ángel González, Gamoneda, Gil de Biedma, etc.) expresan un intenso humanismo disconforme con el mundo que les rodea, pero de carácter individual basado en su propia experiencia personal que los separa de la poesía social, López Álvarez, en virtud de su circunstancia ecuménica y viajera, exalta el compromiso del "yo" en solidaridad con los "otros", denunciando la injusticia, los abusos de poder y los desequilibrios internacionales. Lo que no quiere decir que López Álvarez sea un epígono o recuperador de la poesía social precedente. Porque en su obra hay una visión más universalista, pero sin perder de vista los ámbitos locales ¾y Los Comuneros será un buen ejemplo¾, siendo sus reivindicaciones esencialmente políticas, además de sociales. (vid. Literatura leonesa actual, p. 182).

Desde muy pronto escribe poemas, y comienza a publicar en el semanario Promesa, luego en revistas vallisoletanas, Razón y Fe, Avance de Poesía, Santa Cruz, Diario Regional, de Valladolid, y Diario de la Mañana, de Montevideo. El primer libro de versos que López Álvarez da a la imprenta es Arribar Sosegado (Madrid, 1952), poemario de corte juanramoniano en que alterna el verso libre y la rima clásica. Le seguirá Víspera en Europa, (París, 1957), en edición bilingüe español-francés, libro "con otra ambición y otras vivencias". De ejercicio retórico muy intenso y variedad de contenidos, que van del canto al paisaje a la alusión histórica, y de la reivindicación social al tema amoroso, es el libro integrado únicamente por 37 sonetos y titulado Las Querencias (Madrid, 1969), sobre el que se pronunciarán elogiosamente: Vicente Aleixandre, quien destaca la madurez y el castellanismo; Jorge Guillén, resaltando la precisión de la frase y la elección de la palabra justa; y Miguel Ángel Asturias, que califica los sonetos de "milagrosos" por su rara perfección. El siguiente libro, Rumor de Praga (Las Palmas, 1971), es un poema unitario en verso libre que evoca las varias visitas del autor a la capital checa, cuyo encanto poético no troncharán los tanques del Pacto de Varsovia. Los Comuneros, el libro que sigue, será el más reeditado del autor y del que me ocuparé con más pormenor. Comenzado a escribir inmediatamente después del anterior y siguiendo el tono de denuncia apuntado en Rumor de Praga, López Álvarez da a la luz Cárcava (Barcelona, 1974). A través de la segunda persona, el autor abandona deliberadamente el sometimiento escrupuloso al ritmo y a la rima que podemos ver en Los Comuneros. Cárcava, cuyo título ya es de por sí significativo ("foso u hoyo de la sepultura"), apunta a otro universo de inquietudes existenciales. El recurso al significante en la incoherencia de las formas es constante en este libro, como mejor modo para reflejar la confusión de un mundo en donde el hombre habita desamparado e indefenso, pero con una rebeldía siempre activa, aunque resulte tan inútil y mítica como la de Sísifo. Tránsito, (Méjico, 1979) es, fundamentalmente, un alegato personal contra la injusticia y la violencia, que consigna las vivencias del autor en sus múltiples viajes por el planeta: «La voz de estos poemas se hace carne y dolor con los oprimidos, con los marginados del poder y las relaciones políticas, se transcribe en palabras desgarradas, coloquialmente violentas en ocasiones, y alcanza fogonazos tremendamente apocalípticos.» (Santos Alonso, Literatura leonesa actual, pp. 187-188) Sus últimos libros de poesía son: Cómputo (Poesía 1951-1982) (Barcelona,1985); Elegíaca (Madrid, 1985); Pálpito (Barcelona, 1990); Adarmes (Madrid, 1991); Querencias y quereres (El Ferrol, 2001) y El amor en tiempo de acuario (Valladolid, 2002). La obra creativa en verso se completa con una serie de libros de ensayo, traducciones, reseñas y artículos en prosa, dentro de los cuales destacan, además del mencionado libro sobre Lumumba: Salvador de Madariaga, el hombre, el europeo, el español (París, 1962); Neruda, muerte y testamento (Las Palmas, 1974); Conversaciones con Miguel Ángel Asturias (Madrid, 1974 y San José de Costa Rica, 1976); Literatura e identidad en Venezuela y En Europa con Madariaga.

El proceso de confección de Los Comuneros comenzó a gestarse en la cabeza del autor antes de su publicación en 1972. Los primeros versos ¾confiesa en entrevista realizada por Jacinto López Gorgé en La estafeta literaria (nº624)¾ los escribió siete años antes de empaparse de geografía comunera.

Aunque aún no se había publicado la tesis doctoral de Joseph Pérez sobre el movimiento comunero, por la década de los 70 podían consultarse los relatos de los cronistas próximos a los hechos (Guevara, Mejía, Maldonado, Sandoval y Santa Cruz); los textos decimonónicos de los románticos, además de los de Danvila y Ferrer del Río; y ya en siglo XX, los juicios de Ganivet, Marañón y Azaña, o los estudios más recientes de Maravall y García Nieto. Digamos de paso, que, para León, contamos con la aportación de Eloy Díaz-Jiménez Molleda, impresa en Madrid en 1916 y reeditada en 1978. No sabemos cuáles de estas u otras fuentes han sido utilizadas por López Álvarez, lo cierto es que no omite en su obra ninguno de los episodios relevantes siguiendo la estela cronológica.

En síntesis y de extremo a extremo, los hechos que se relatan en el poema comienzan el 2 de febrero de 1518, en la Iglesia de San Pablo de Valladolid, con el juramento del rey Carlos I; y acaban con el agarrotamiento en una almena del castillo de Simancas del obispo de Zamora, Antonio de Acuña, el 24 de marzo de 1526. En el transcurso de esas fechas, se presentan los avatares del movimiento, dirigidos por una burguesía mercantil y clase artesanal, arrastrando al pueblo llano en defensa de los derechos municipales conquistados. Enfrente, el absolutismo realista y los privilegios de los grandes, que salvan sus diferencias y acaban por ensamblarse contra, nunca mejor dicho, el enemigo común, derrotado en Villalar el 23 de abril de 1521 y decapitados sus capitanes Bravo, Padilla y Maldonado.

Para conformar la materia, el autor eligió vocablo, verso, ritmo y modelo estrófico que más le convenía. Y ese modelo no podía ser otro mejor que el romance; composición, como es sabido, formada por una serie indefinida de versos octosílabos que riman en asonante los pares y quedan sueltos los impares. La adecuación entre forma y contenido se hace con acierto y escrupulosidad impecable. No hay que olvidar que el romance es el tipo de poema de mayor vigencia en la tradición literaria española. Ni tampoco que la medida octosilábica se acomoda, a la perfección, a la unidad melódica o grupo fónico más frecuente en la expresión oral de los hablantes hispanos. Aunque el cultivo del romance persiste en autores contemporáneos (Lorca, Alberti, Guillén), incluso en las generaciones posteriores (Panero, Celaya, Otero), López Álvarez acierta a darle una dimensión de mayor calado y enjundia, tanto cuantitativa como cualitativamente. Por otro lado, con este regreso a lo clásico popular, López Álvarez devolvía a la lírica una temperatura épica que había perdido, aunque su resurrección pudiera considerarse como algo anacrónico y regresivo. Como afirma Vicente Aleixandre en el prólogo a la primera edición: « El romance tiene todo el sabor antiguo de la expresión vieja, pero al mismo tiempo tiene una resonancia moderna en el espíritu del que lo escucha. Ha habido un remozamiento dentro de la conversación de tradición: algo muy difícil de lograr hoy. Intentos así, modernos, colmados, plenos como éste, no recuerdo ninguno, me parece un caso único.» Pero, al mismo tiempo, desde mi punto de vista hay otra virtud suplementaria que libera al poema de la mera exhumación arqueológica y se constata a lo largo de su lectura: traslado al pasado, sí, pero sin dejar de percibirlo como un conflicto actual y a la vez sempiterno de lucha de clases. Ensalzar la justicia y la libertad, la solidaridad frente a la tiranía. el abuso y los intereses, son siempre temas perennes. Como ha señalado Joseph Pérez, en el romance de López Álvarez: «No se trata de erigir un monumento póstumo para héroes de otro tiempo, sino de mantener viva el alma de un episodio capital, de una lucha que tenía el sentido de una guerra de liberación.» (Los comuneros, p. 192)

El autor no se limita simplemente a narrar la anécdota o glosar los acontecimientos de forma desapasionada, sino que se introduce dentro de los personajes y de las circunstancias, viviendo y transmitiendo las emociones individuales, con sus tristezas y sus alegrías, pero también las vibraciones de la colectividad, que a uno le recuerda, mutatis mutandis, el estilo, tan avanzado para su época, del cronista medieval portugués Fernão Lopes. En el poema alternan magistralmente el manejo de los sentimientos humanos, las pausas meramente descriptivas, la subida de tono épico en la acción y el sosiego lírico en la contemplación de la Naturaleza. El lenguaje es sobrio, recio, sencillo, sin oropel y nada superfluo, como corresponde al decoro lingüístico del asunto; pero expresado con el vocablo preciso, medido, directo y, al mismo tiempo, vigoroso. La repetición es recurso favorito que convierte el hecho puramente denotativo en connotativo, como, por ejemplo, en la escena en que Padilla arenga a sus leales a destruir Cigales, feudo del contracomunero conde de Benavente, y éstos le advierten:

«Don Juan, don Juan, los perales,

Don Juan, don Juan, los almendros

no podemos arrancarlos

y ni talarlos podremos,

que el mal que costó plantarlos

es el único que hicieron».


La invocación al jefe comunero se recarga de sentido afectivo, y a la vez preventivo, con la reiteración anafórica. En definitiva, el poeta consigue evocar, con maestría difícilmente superable, el ambiente de la época, tanto en lo que respecta al paisaje como al paisanaje, a través de un lenguaje que eleva a arte el gusto por lo sencillo. "Vino nuevo en odres viejos", como justamente ha dicho Manuel Olmedo.

El poema está estructurado en seis partes, un prólogo y un epílogo, todo ello perfectamente fundido. Comprende un total de 1984 versos octosílabos, distribuidos del siguiente modo: prólogo (60); I (238); II (310); III (382); IV (292); V (322); VI (326); epílogo (54). Los versos son polirrítmicos, es decir, alternan las variedades trocaica, dactílica y mixta. Las rimas son, fundamentalmente, agudas y llanas con timbre en -á, -á-, -é y -é-. Sólo en la parte sexta hay rimas en -í-. No aparecen rimas en -ó y -ó-, esto es, agudas y llanas con ese timbre velar, lo que no deja de ser chocante por ser rima muy socorrida, no sabiendo si este hecho es casual o deliberado.

El romance Los Comuneros salió a la luz en 1972, editado por la Editorial Cuadernos para el Diálogo, con prólogo de Vicente Aleixandre. Ed. Laia, publicó tres ediciones más en 1977, 1979 y 1981, respectivamente. Con posterioridad, la Diputación Provincial de Valladolid editó la 5ª (1985) y 6ª edición (2003). Hay en curso dos nuevas ediciones, además de la que ahora se presenta.

Decir, ya para cerrar, que este poema, verdadero himno no oficial de la Castilla de hoy, no pasó desapercibido a la sensibilidad musical. En 1978, a petición del cantautor segoviano Ismael ¾quien por entonces lograba grandes triunfos en Francia cantando musicalizaciones del Romancero tradicional¾ Luis López Álvarez escribió el Romance de la Reina Juana. Posteriormente, debido a un problema de voz del cantautor segoviano, el berciano Amancio Prada, al mismo tiempo que le musicalizaba tres sonetos, puso música al citado poema e incluyó en su repertorio. Dos años más tarde, el grupo Nuevo Mester de Juglaría hizo una adaptación musical del poema (disco Philips 33 stereo 6328218), versión que sería ampliada 25 años más tarde, en 2005, antes de que apareciera la versión rock del poema a cargo del grupo Lujuria.

Como colofón, no nos duelen prendas en considerar el romance Los Comuneros indispensable en cualquier antología que recoja la mejor poesía en lengua castellana de todos los tiempos.